
16 de Enero de 2026
Explora Artículos El futuro del trabajo en la “era de la competición”
enero 16, 2026 9 min
La nueva edición del Global Risks Report dibuja el escenario de riesgos en el que se decidirá quién trabaja, en qué condiciones y con qué oportunidades durante la próxima década.
La edición 2026 del Global Risks Report del World Economic Forum perfila un escenario que va mucho más allá de un simple inventario de amenazas. El informe caracteriza el periodo 2026–2036 como la “era de la competición” (age of competition), una etapa definida por la fragmentación geopolítica, el uso estratégico (y crecientemente instrumental) de herramientas económicas y tecnológicas, y el progresivo debilitamiento de las instituciones multilaterales que han sustentado la relativa estabilidad global que hemos disfrutado en las últimas décadas.
Desde la perspectiva del futuro del trabajo, este diagnóstico tiene profundas implicaciones. Los riesgos identificados no actúan como factores aislados, sino que configuran un nuevo marco estructural donde se redefinen el empleo, las trayectorias profesionales y, en última instancia, el propio significado social del trabajo. En este contexto, el trabajo deja de ser únicamente una palanca de productividad para las empresas o un medio de vida para las personas, y pasa a convertirse en una variable crítica para la estabilidad económica, la cohesión social y la legitimidad política.
1. De la globalización del talento a la fricción geoeconómica
Entre los riesgos que destaca el informe, el de mayor severidad a corto plazo es la confrontación geoeconómica. El uso creciente de sanciones, controles a la inversión, subsidios estratégicos, restricciones comerciales y limitaciones al flujo de conocimiento como instrumentos de poder está alterando las reglas del juego para empresas, países y trabajadores.
Desde la perspectiva del futuro del trabajo, este giro tiene importantes consecuencias. La primera es el progresivo cuestionamiento de la idea de un mercado global de talento. Durante la última década, conceptos como el trabajo remoto, los equipos distribuidos o las cadenas de suministro globales parecían apuntar hacia una mayor movilidad y una asignación más eficiente del talento sin importar las fronteras. Sin embargo, esta nueva “era de la competición” introduce fricciones que, al menos parcialmente, revierten esa dinámica.
La segunda consecuencia es la aparición de cuellos de botella de talento en sectores considerados estratégicos (energía, infraestructuras críticas, defensa, tecnologías avanzadas, entre otros) donde la jubilación acelerada de perfiles sénior convive con crecientes restricciones a la movilidad internacional. En estos ámbitos, la tecnología no es capaz de compensar la pérdida de conocimiento tácito acumulado durante décadas, al menos por el momento.
La tercera, quizá la más relevante desde el punto de vista individual, es que las trayectorias profesionales pasan a depender en mayor medida de decisiones geopolíticas que quedan fuera del control del trabajador. El futuro del trabajo deja así de ser un desafío exclusivamente organizativo o tecnológico, o dependiente de la preocupación del trabajador por su desarrollo profesional, para convertirse en un fenómeno profundamente condicionado por los vaivenes del orden mundial.
2. Inteligencia artificial y la paradoja de la productividad sin empleo
Como no podía ser de otra manera, el informe también analiza los posibles efectos de la “revolución de la IA” en el sistema de riesgos globales. De hecho, sitúa los impactos adversos de la inteligencia artificial entre los riesgos con mayor probabilidad de escalar en la próxima década, a medida que la IA deja de ser una tecnología de frontera para convertirse en una fuerza sistémica capaz de reconfigurar mercados enteros.
En este contexto nos enfrentamos a la paradoja de que la IA promete importantes ganancias de productividad, pero no garantiza su traducción automática en empleo de calidad. Las estimaciones sobre su impacto laboral son, de hecho, profundamente divergentes. Algunos análisis anticipan la creación de millones de nuevos puestos de trabajo. Sin embargo, otros prevén una destrucción significativa de empleo, especialmente en puestos junior en ocupaciones de «cuello blanco» como los servicios profesionales o las tecnologías de la información.
En cualquier caso, el principal riesgo no es tanto la pérdida neta de empleo como la consolidación de un mercado de trabajo en forma de “K”, en cuyo trazo ascendente encontraremos una élite de profesionales altamente cualificados, capaces de complementar a la IA y capturar una parte sustancial de las ganancias de productividad, mientras que en el descendente se concentrarán aquellos colectivos cuyos roles son automatizados o devaluados, con menor capacidad de reconversión y trayectorias profesionales cada vez más frágiles.
3. Desigualdad estructural y erosión del contrato social
En relación con estas posibles brechas en el mercado de trabajo, hay que destacar que la desigualdad aparece en el informe como el riesgo más interconectado de la próxima década y, por consiguiente, un potente multiplicador de tensiones sociales, políticas y económicas.
Desde la perspectiva laboral, este fenómeno apunta a una fractura profunda del contrato social que históricamente ha sustentado el valor del trabajo. Durante décadas, el trabajo ha operado como el principal mecanismo de integración social, apoyado en la promesa implícita de que formación, esfuerzo y experiencia se traducen en una mejor calidad de vida. Pero cuando esa promesa se rompe, porque el empleo deja de garantizar estabilidad, movilidad ascendente o reconocimiento, el trabajo pierde su capacidad de actuar como factor de cohesión social.
El informe, además, sugiere que esta fractura no es coyuntural, sino estructural. La creciente concentración de los beneficios tecnológicos en manos del capital y de una minoría de trabajadores de alta productividad erosiona de forma progresiva la legitimidad del sistema económico, alimentando la polarización social y una desafección cada vez mayor hacia las instituciones.
4. Crisis de identidad profesional y pérdida de propósito
El informe también alerta sobre otra cuestión menos visible, pero igualmente crítica: el impacto psicológico y cultural de la automatización cognitiva.
A medida que la IA asume tareas analíticas, creativas o de toma de decisiones, se abre una crisis que afecta de forma particular a las generaciones más jóvenes. El trabajo ha sido históricamente una fuente central de identidad, estatus y sentido de pertenencia. Cuando esa función se debilita, emergen fenómenos de apatía, desvinculación social y, en los casos más extremos, radicalización. Es decir, el riesgo no es únicamente quedarse sin empleo, sino quedarse sin propósito.
Además, el informe apunta al riesgo de una dependencia excesiva de la IA como “segundo cerebro”. Si el uso intensivo de sistemas inteligentes no va acompañado de una inversión deliberada en pensamiento crítico y en el desarrollo de criterio propio, existe el peligro de una atrofia progresiva de capacidades humanas esenciales para navegar un entorno confuso como el que nos ha tocado vivir.
5. Desinformación, vigilancia y deterioro del trabajo democrático
Finalmente, no podemos olvidarnos de otras dos cuestiones que también tienen un impacto directo sobre el trabajo. Por un lado, la desinformación (que el informe sitúa entre los principales riesgos a corto plazo). Por otro, la censura y la vigilancia, que emergen como amenazas crecientes en un contexto de inestabilidad.
Respecto a la primera cuestión, en las organizaciones, la erosión de la verdad dificulta la toma de decisiones, degrada el diálogo interno y socava la confianza. Respecto a la segunda, el uso de tecnologías avanzadas para monitorizar el desempeño puede derivar en modelos de gestión cada vez más intrusivos, a menudo justificados en nombre de la eficiencia o la seguridad. El riesgo es una deriva hacia entornos laborales más autoritarios, donde la tecnología deja de utilizarse para empoderar a las personas y pasa a servir, principalmente, para intensificar el control.
Conclusión: el futuro del trabajo no es solo la IA
El mensaje de fondo del Global Risks Report 2026 es claro. El futuro del trabajo no se decidirá únicamente por la velocidad a la que empresas y trabajadores adopten las nuevas tecnologías que llegan al mercado. Se decidirá por la capacidad de gobiernos, empresas e instituciones para rediseñar el contrato social, invertir en infraestructuras de aprendizaje y reconversión a gran escala, y mitigar las tensiones distributivas que emergen cuando el progreso tecnológico no se traduce en un bienestar compartido.
En la “era de la competición” que anticipa el informe para la próxima década, el trabajo vuelve al centro del tablero. Y no solo como factor productivo, sino como eje de cohesión social, estabilidad política y resiliencia económica. Ignorarlo es, sencillamente, añadir más riesgo al riesgo.
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Foto de Loic Leray en Unsplash
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