
5 de Enero de 2026
Explora Artículos Generación Z: No me interrumpas, apórtame valor
noviembre 20, 2025 9 min
Para los jóvenes cada interacción con una marca es un examen de coherencia. No distinguen entre consumidores y candidatos, ni entre marketing y cultura corporativa. Si no les aportas valor, te silencian; si no eres auténtico, te descartan.
Antes de que un joven de la Generación Z se plantee siquiera leer una oferta de trabajo de tu empresa, ya te habrá juzgado, analizado y, probablemente, sentenciado. No lo habrá hecho a través de un informe de recursos humanos ni estudiando tu cuenta de resultados. Lo habrá hecho como consumidor. Porque para esta generación, la primera que no recuerda un mundo sin internet, la frontera entre comprar un producto, seguir a una marca en redes sociales y aspirar a formar parte de ella es prácticamente inexistente. Todo es parte de un mismo ecosistema de valores.
Comprender cómo consumen (y como son) no es, por tanto, un simple ejercicio de marketing para venderles más. Es el requisito indispensable para sobrevivir a la nueva era económica que están liderando. Si no entiendes por qué te eligen —o, más importante, por qué te ignoran— en el carrito de la compra, jamás entenderás cómo atraerlos a tu plantilla. Su forma de ser como compradores es un indicador más cercano de lo que pensamos de cómo es y será su relación con el mercado laboral.
Para analizar a la Generación Z hay que desterrar un cliché: no son «milenials 2.0». Son una generación fundamentalmente distinta, moldeada por un entorno que ninguna generación anterior experimentó. La principal diferencia frente a otras generaciones jóvenes es su relación con lo digital. Son la primera generación nativo digital. Su infancia no fue «antes y después de internet». Su desarrollo cognitivo, social y emocional se ha producido en simbiosis permanente con dispositivos electrónicos e innovaciones constantes.
Esto ha tenido una consecuencia capital: han crecido en espacios hiperpersonales. Su realidad digital es un universo curado a medida por algoritmos que aprenden de cada uno de sus gestos. La página «Para ti» de TikTok, las recomendaciones de Netflix, las playlists semanales de Spotify o el feed de Instagram no son meras funcionalidades; son su estado natural. Han interiorizado que el contenido (y cualquier impacto en general) debe adaptarse a ellos, y no al revés. Su “mundo” por defecto es un entorno relevante, predictivo y diseñado para satisfacer sus gustos individuales.
Este es el punto de ruptura. Cualquier cosa que no cumpla con este estándar de personalización no es simplemente neutra: es una agresión. Es ruido. Una marca, una institución o una persona que se dirige a ellos con un mensaje genérico y masivo no está comunicando; está interrumpiendo. Es un pop-up molesto en su espacio vital, un anuncio antes de un vídeo de YouTube que genera un rechazo visceral. Han desarrollado un “firewall mental” extraordinariamente eficaz contra todo lo que perciben como irrelevante o intrusivo. El “scroll” es su arma principal para evitar estas interrupciones.
Por lo tanto, la primera pauta de demanda es radical: para conectar con ellos, no puedes limitarte a «estar». Debes ganarte el derecho a entrar en su mundo.
Si el marketing del siglo XX se basaba en la interrupción y la repetición —impactar al espectador pasivo hasta grabarse en su memoria—, la nueva economía Z funciona con una lógica opuesta: la del valor y la atracción. Para que un joven te ceda voluntariamente su bien más preciado, su atención, tienes que pagar un peaje. Ese peaje es la relevancia. La cual se construye con presencia y valor.
¿Y qué es «aportar valor» para esta generación? El concepto es mucho más amplio y sofisticado que un simple descuento. El valor puede adoptar múltiples formas:
Si una marca no ofrece nada de esto, su mensaje es percibido como spam existencial. Y en el mundo Z, el spam no solo se ignora, se bloquea activamente.
Incluso si una marca logra aportar valor, existe un requisito previo sin el cual todo se desmorona: la autenticidad. Esta generación ha desarrollado un detector de falsedad casi infalible. Han crecido viendo a influencers promocionar productos que no usan, a empresas lanzar campañas de greenwashing mientras contaminan y a políticos con discursos vacíos. El resultado es un escepticismo creciente y una demanda radical de coherencia.
Ser auténtico para una marca no significa ser perfecto. Significa ser honesto y consistente.
Significa:
Esta exigencia de autenticidad es el filtro definitivo. Un joven puede sentirse atraído por tu producto, pero si percibe que tu marca es una impostura, no solo no te comprará, sino que se convertirá en un detractor activo.
Y aquí es donde todo converge. La experiencia de un joven como consumidor de tu marca es, en la práctica, la primera fase de tu proceso de selección de talento. La forma en que te comunicas, los valores que proyectas y la autenticidad que demuestras (o no demuestras) están construyendo en su mente una imagen de cómo sería trabajar para ti.
La ecuación es simple: dime cómo vendes y te diré qué tipo de empleador eres.
La Generación Z ya no separa al «yo consumidor» del «yo profesional». Son la misma persona, con los mismos valores y las mismas expectativas. Por eso, las empresas que quieran atraer al mejor talento del futuro (y ya del presente) deben entender que su departamento de marketing, branding y el de recursos humanos nunca han estado más conectados. La reputación de la marca y la marca empleadora son dos caras de la misma moneda.
Antes de que un joven decida enviar su currículum, ya habrá interactuado con tu marca cientos de veces. Habrá visto tus anuncios, consumido tu contenido, leído reseñas de tus productos y formado una opinión sólida. Para cuando llegue a tu portal de empleo, la decisión, en gran medida, ya estará tomada.
La pregunta para cualquier empresa ya no es cómo venderles, sino cómo ganarse un lugar en su mundo y ser relevantes. Solo aquellas que lo consigan a través del valor y la autenticidad, tendrán el privilegio no solo de tenerlos como clientes, sino de poder aspirar, algún día, a tenerlos como el motor de su futuro.
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Artículo publicado originalmente en el número de noviembre de la revista Capital Humano.
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Foto de Mike Carroll en Unsplash
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