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marzo 21, 2026 9 min

El diseño del trabajo como infraestructura crítica

Llevamos años debatiendo el teletrabajo en clave organizativa. La crisis energética de 2026 obliga a replantearlo como lo que realmente es: una pieza del diseño de sistemas más amplios.

El diseño del trabajo como infraestructura crítica

Santiago García

Un contenido de Santiago García

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Ante la disrupción severa en los mercados del petróleo como consecuencia de la guerra en el Golfo Pérsico, la Agencia Internacional de la Energía emitía esta semana una nota recomendando menos desplazamientos, menos vuelos de negocios y más trabajo remoto. No es la primera vez que escuchamos esto. Pero sí es la primera vez que se formula en este contexto.

Durante los últimos años, el teletrabajo ha sido objeto de un debate intenso, pero fundamentalmente acotado al ámbito organizativo. Se ha discutido su impacto en la productividad, en la cultura corporativa, en la capacidad de innovación, en el control directivo o en el engagement de los empleados. En algunos casos, se ha defendido como palanca de flexibilidad y para la atracción de talento. En otros, se ha cuestionado como un riesgo para la cohesión de organizaciones y equipos.

Sin embargo, la actual crisis energética introduce (o más bien recupera) una dimensión que habíamos dejado en segundo plano, y es que el diseño del trabajo no es solo una cuestión interna de las empresas. Es también una pieza clave en el funcionamiento de sistemas mucho más amplios, energéticos, urbanos, económicos y geopolíticos. Esto cambia el marco de la conversación.

Cuando el trabajo deja de ser una variable organizativa

Uno de los datos más reveladores en este contexto es que el transporte por carretera representa aproximadamente el 45% de la demanda mundial de petróleo. Y dentro de ese bloque, el desplazamiento diario al lugar de trabajo constituye uno de los componentes más relevantes y, sobre todo, más fácilmente modificables.

Desde esta perspectiva, el diseño del trabajo (dónde, cuándo y cómo trabajamos) no es neutro. Determina patrones de movilidad, configura la demanda energética y condiciona la exposición de las economías a shocks geopolíticos. Lo que la IEA está señalando implícitamente con su recomendación es que el diseño del trabajo no es solo un objeto de gestión empresarial, una mera decisión de management, sino una decisión con efectos sistémicos, que trascienden los límites de la organización y afectan al funcionamiento del conjunto de la economía.

El experimento de 2020: ¿anomalía o ensayo general?

Durante la pandemia de COVID-19, el teletrabajo se desplegó de forma masiva como una solución de emergencia. Fue, en esencia, un mecanismo de continuidad operativa en un contexto de confinamiento. En aquel momento, muchos interpretaron ese cambio como una anomalía temporal. Una adaptación circunstancial a una crisis sanitaria sin precedentes. Sin embargo, lo que la situación actual sugiere es una lectura diferente.

La recomendación de la IEA nos hace ver que el “gran experimento de teletrabajo” de 2020 no fue solo una respuesta a una crisis puntual. Fue, en realidad, un ensayo general (imperfecto, desordenado y todavía mal entendido por muchos) de cómo podría organizarse el trabajo en un mundo sometido a nuevas restricciones, ya no solo sanitarias, sino también energéticas, climáticas y geopolíticas.

La diferencia es que, en 2020, el detonante fue un virus. En 2026, es una crisis energética consecuencia de una guerra.

Sin embargo, el mecanismo de adaptación es, en esencia, el mismo: reducir la necesidad de movilidad física mediante el uso intensivo de tecnologías digitales.

El trabajo como parte del metabolismo económico

Para entender la magnitud de este cambio, resulta útil adoptar una perspectiva más amplia y contemplar las ciudades y las economías como sistemas metabólicos que transforman recursos (energía, materiales, tiempo) en actividad económica, bienestar y valor. En este metabolismo, el trabajo desempeña un papel central. No solo por lo que produce, sino por cómo organiza los flujos.

El modelo tradicional (basado en la concentración de trabajadores en centros urbanos y su desplazamiento diario desde áreas periféricas) genera picos de demanda energética, congestión en infraestructuras y una elevada dependencia del transporte motorizado. Es un modelo funcional en contextos de energía abundante y relativamente barata. Pero se vuelve problemático cuando esa condición deja de darse.

Frente a ese modelo tradicional, el teletrabajo (o, más precisamente, la descentralización parcial del trabajo) altera este metabolismo. Reduce la intensidad de los flujos de movilidad, distribuye la demanda energética de forma más equilibrada y disminuye la presión sobre determinadas infraestructuras. Desde esta perspectiva, no se trata simplemente de trabajar desde casa. Se trata de rediseñar los patrones de funcionamiento del sistema.

La ilusión del ahorro automático

Ahora bien, sería un error interpretar el teletrabajo como una solución automática al problema energético. La evidencia acumulada en los últimos años muestra que su impacto depende críticamente del diseño del sistema en su conjunto.

En primer lugar, existe un efecto de transferencia de consumo. La reducción del uso energético en oficinas puede verse parcialmente compensada por un aumento del consumo en los hogares. Además, esta transferencia no es neutra, ya que, en muchos casos, las viviendas son energéticamente menos eficientes que los edificios corporativos.

En segundo lugar, aparece el problema de la duplicidad de espacios. Si las empresas mantienen intacta su superficie de oficinas mientras aumentan el trabajo remoto, el sistema pasa a operar con dos infraestructuras parcialmente activas en lugar de una, lo que puede incluso incrementar el consumo total.

En tercer lugar, emerge el denominado “efecto rebote”. La reducción de los desplazamientos laborales puede liberar tiempo y recursos que se traducen en nuevos patrones de movilidad (viajes de ocio, mayor dispersión residencial) que neutralizan parte de los ahorros iniciales.

De hecho, algunos estudios recientes sugieren que este efecto puede absorber una proporción significativa de los beneficios potenciales del teletrabajo si no se gestiona adecuadamente.

Es decir, el teletrabajo no ahorra energía por sí mismo. Solo lo hace cuando se integra en un rediseño más amplio del sistema de trabajo, de los espacios y de la movilidad.

El verdadero debate, por tanto, no es si el trabajo debe ser remoto o presencial. Es cómo diseñar una arquitectura del trabajo que sea coherente con las restricciones del sistema en el que opera. Para lo cual es necesario actuar sobre, al menos, tres dimensiones:

La primera es organizativa. Implica repensar los modelos híbridos, no como una concesión, sino como una herramienta de optimización. Esto incluye redefinir el papel de la oficina, reducir espacios infrautilizados y concentrar la presencialidad en aquellas actividades donde esta realmente aporta valor.

La segunda es territorial. Supone avanzar hacia modelos de proximidad (hubs distribuidos, espacios compartidos, coworking en zonas residenciales) que permitan reducir la necesidad de desplazamientos largos sin aislar al trabajador en su domicilio.

La tercera es de movilidad. Afecta no solo al commuting diario, sino también a los viajes de negocios, donde existe un margen considerable de sustitución por interacción digital sin pérdida significativa de valor.

De la decisión empresarial a la política pública

Uno de los avances más relevantes en este ámbito es que el diseño del trabajo está empezando a salir del ámbito exclusivo de la empresa para entrar en el terreno de las políticas públicas.

En Europa y en España esta transición es cada vez más visible. Por ejemplo, la aprobación de la Ley de Movilidad Sostenible en 2025 introduce obligaciones específicas para las empresas en relación con los desplazamientos de sus trabajadores. En concreto, los denominados “planes de movilidad sostenible al trabajo” no solo fomentan el uso de transporte público o compartido, sino que incorporan explícitamente el teletrabajo como herramienta de reducción de la demanda de movilidad.

Esto supone un cambio significativo, desde el momento en que el diseño del trabajo deja de ser una decisión discrecional de la empresa y pasa a estar sujeto a un marco regulatorio orientado a reducir externalidades negativas (congestión, emisiones, consumo energético) y a mejorar la eficiencia del sistema en su conjunto.

Territorio, demografía y nuevas oportunidades (con matices)

Este cambio, por el que el diseño del trabajo empieza a ser tratado como una infraestructura crítica, abre también oportunidades relevantes desde el punto de vista territorial. En este sentido, la posibilidad de desacoplar parcialmente trabajo y ubicación física permite repensar la distribución de la población y la actividad económica. En países como España, esto se conecta directamente con el reto demográfico y la revitalización de áreas rurales. Aunque este potencial no está exento de riesgos.

La dispersión residencial sin una planificación adecuada puede aumentar la dependencia del vehículo privado y generar modelos de asentamiento más intensivos en energía. Del mismo modo, el teletrabajo en entornos con infraestructuras deficientes puede reproducir desigualdades en lugar de corregirlas. Lo cual nos devuelve al mismo punto, y es que, una vez más, la clave no está en la herramienta, sino en el diseño del sistema.

Hacia un trabajo sensible al sistema

Todo lo anterior apunta hacia un cambio más profundo en la forma en que entendemos el trabajo. Durante décadas, las decisiones sobre dónde y cómo trabajar se han guiado principalmente por criterios internos (eficiencia organizativa, preferencias individuales o costes inmobiliarios). Sin embargo, en un contexto marcado por restricciones energéticas, tensiones geopolíticas y urgencia climática, estos criterios resultan insuficientes. El trabajo ya no puede concebirse únicamente desde dentro de la organización, sino como una actividad que debe ser coherente con las condiciones del sistema en el que se inserta.

Esto plantea la necesidad de pensar formas de trabajar “sensibles al sistema”, capaces de adaptarse dinámicamente a factores como la disponibilidad energética, las condiciones climáticas o las tensiones en infraestructuras críticas.

Puede parecer una idea lejana, pero en realidad ya estamos viendo sus primeras manifestaciones. La recomendación de la Agencia Internacional de la Energía es una de ellas.

El fin de una discusión mal planteada

La actual crisis energética no reintroduce el debate sobre el treletrabajo sino que lo redefine. Lo que hasta ahora se había planteado como una cuestión de preferencias organizativas o de estilos de gestión emerge como un elemento central de la resiliencia de una economía.

Quizá el mayor error de los últimos años haya sido nuestra tendencia a abordar el tema del diseño del trabajo (las famosas “nuevas formas de trabajar”) desde perspectivas demasiado estrechas, ignorando su impacto sobre sistemas más amplios.

Ahora, esta nueva crisis nos muestra que el trabajo no es solo lo que ocurre dentro de las empresas. Es también lo que conecta (y a veces tensiona) la energía, las ciudades, la movilidad y la geopolítica.

Por esta razón ya no podemos seguir viendo el “gran experimento del teletrabajo” de 2020 como una anomalía. En realidad, no fue más que un anticipo.

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Foto de Helena Lopes en Unsplash

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